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escrito por silvia   
Tuesday, 02 de September de 2008

LA HONDURA DE EL CID.

ABC-MADRID

JUAN MANUEL DE PRADA

Lunes, 01-09-08A

Manuel Jesús «El Cid», el torero de Salteras, empecé a seguirlo por recomendación de Ignacio Ruiz Quintano, que es hombre poco propenso a las expansiones cordiales; pero cuando me hablaba de «El Cid» parecía como si un alborozo aquietado y hondo resquebrajase su voz. No podía ser un alborozo bullicioso porque el entusiasmo que «El Cid» provoca entre quienes llegan a penetrar su arte ha de ser por necesidad congruente con su toreo, que es también aquietado y hondo, sin florituras ni alardes vacuos, de una gravedad viril y espiritualizada que lo hermana con los grandes artistas españoles que en otras épocas se paseaban tranquilamente entre el más acá y el Más Allá. La primera vez que vi a Manuel Jesús de frente escribí que tenía algo de santo de Berruguete y algo de labrador de Gutiérrez Solana; y con ello quería hacer algo más que describirlo físicamente. Porque lo que a mí me interesa de los santos de Berruguete, como de los labradores de Gutiérrez Solana, es que tienen una hondura en la mirada que no es enfática ni tremebunda, sino más bien grave y serena, traspasada de un misterio que nos estremece con su brisa. «El Cid», que en el trato próximo es afable y jovial, cuando pisa la plaza todo lo llena de una hondura genuina que transfigura sus faenas.En el poco tiempo que llevo viendo corridas de toros, he descubierto que en muchos toreros asoma una tentación plebeya, consistente en probar pases superfluos, en hacer figuras y desplantes un poco fatuos, aprovechándose de las limitaciones o mermas del toro. Tales alardes suelen ser acogidos con fervor popular; pero hay en ellos una indignidad suprema, consistente en querer sacar lucimiento de lances que poco o ningún riesgo real presentan. El toreo de «El Cid» siempre ha repudiado estos alardes vacuos: es un toreo sin tremendismos ni adornos, que tal vez por ello mismo no encandile al público más sugestionable; pero en su despojamiento y austeridad anida un clasicismo de la mejor estirpe y una verdad tan escueta como exigente, tan enemiga de prosopopeyas como inasequible al manierismo. Es un toreo, además, de gran aportación física -o al menos así se lo parece a un lego como yo-, con esas tandas de naturales tan ligados y esos pases de pecho que alcanzan desde el pitón hasta el rabo, de una amplitud inverosímil, en los que «El Cid» manda sobre el toro a la vez que lo dignifica, a la vez que realza toda la belleza de su embestida.A Manuel Jesús «El Cid» lo vi torear la otra tarde en San Sebastián de los Reyes y volví otra vez a saborear esa hondura que antes me había apabullado en otras plazas. Es una experiencia sin igual verlo parar, templar y mandar encajada la planta; y es muy gratificante ver cómo sus faenas nunca se dejan vencer por la tentación plebeya a la que antes nos referíamos, ni siquiera cuando el contagio ambiental propiciaría esa profusión de aspavientos que suelen premiarse con orejas. «El Cid» torea paseándose entre el más acá y el Más Allá sin inmutar su estilo, torea enseñando al toro a embestir sin tirones, ligando pases, ciñendo las embestidas; y el resultado de este toreo tan refractario a los efectismos es de una belleza que nos estremece, como nos estremecían los santos de Berruguete y los labradores de Gutiérrez Solana, porque en ellos encontramos, intacta y desnuda, la palpitación de la verdad. ¡Y cómo enaltece «El Cid» a la bestia con la que se enfrenta! El toro se espiritualiza ante su toreo; y su fuerza bruta parece que se transmite al brazo del maestro, cuyas faenas tienen un no sé qué de donación sin condiciones, abnegada y viril.Durante mucho tiempo, «El Cid» había padecido una suerte aciaga con la espada. Lidias arrebatadoras como la que ofició ante un torazo de El Pilar en el último San Isidro quedaban desdibujadas por pinchazos y más pinchazos. Pero últimamente «El Cid» parece haber encontrado el camino para culminar con brillo sus faenas. Para mí que es la recompensa que Dios destina a quienes lo invocan sin desmayo; porque «El Cid» es un torero muy poquito laico que, antes de salir a la arena, se hinca de rodillas y reza con una devoción que pone un nudo en la garganta. El mismo nudo que luego no logramos deshacer, mientras asistimos a su toreo hondo, poseído de verdad.

Modificado el ( Tuesday, 02 de September de 2008 )
 
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