La sección de Miguelina.
La opinión de Miguelina.
Sexta entrega de Miguelina Duarte.
| Sexta entrega de Miguelina Duarte. |
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| escrito por silvia | |
| Saturday, 07 de June de 2008 | |
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NILDA HAYDÉE, CASTILLO DE CORAZÓN “No duele extrañar a alguien que está lejos, lo que duele es tener un deseo inmenso de verla y no poder” Miguelina Duarte. Eran las seis de la mañana cuando el avión tomó tierra en el aeropuerto Benito Juárez. Doce horas de anhelos y añoranzas que en pocos minutos desaparecerían cuando me sintiera rodeada por aquellos que más quería. Doce horas de pensamientos y uno sólo que pudiera inquietarme. Antes de salir de España, casi un mes antes, cuando aún no sabía que mi estancia en México se prolongaría dos meses físicos y para siempre en mi corazón, consulté a una tarotista chalada que nunca se acuerda de mi nombre cuando la veo y me mira con cara de extrañeza cuando le recuerdo la de tardes que la he visitado. Tiene el curioso don de adivinarlo todo. Padece una enfermedad incurable y degenerativa, según ella son agujeros negros en el cerebro, según los médicos una palabra larguísima y mucho menos inteligible. El caso es que de una sesión a otra no recuerda nada, esparce sus cartas sobre una amplia mesa, enciende sus velas, y comienza a hablar como poseída, construyendo el futuro con finísimos hilos y con una delicadeza que choca con su apariencia tosca y desaliñada, con su cojera de nacimiento y su peinado inverosímil. A mi me hace reír porque siempre me augura un futuro brillante, una existencia feliz y muchos éxitos. Sin embargo, aquel día su semblante se ensombreció al anunciarme que en ese viaje ansiado hacia los brazos de mi familia me iba a tocar acompañar a una persona en tránsito. Cuando alcancé a vislumbrar el hermoso rostro de Nilda hija, hermana, el suave perfil de Montse y la grandeza de Mike, todos mis malos augurios huyeron despavoridos ante tanta bondad. Fuimos a desayunar a un Vips (mejicano, con tacos y enchiladas) y allí, felices de sentirnos tan cerca, sorprendidos de estar juntos de nuevo, comenzamos a contar todo lo que habíamos vivido separados durante dos años. Deseaba llegar a casa y abrazar a todos los demás, así que nos abrigamos bien y nos adentramos en Insurgentes cuando el día comenzaba a nacer, y con él la Nochebuena. Llegamos a casa, y caminé despacio, para comprobar con profunda satisfacción que todo estaba igual, el cuidado jardín, algunas rosas, de las que le gustaban a la abuela Nilda, bellas y pálidas, el pasto rasurado con pericia de arquitecto, los grandes ventanales, el abuelo. Don Héctor Castillo, con su mirada franca y severa, risueña y abierta, con ese alma fuerte y esa rotundidad de principios, con ese talante aventurero y esa generosidad, por todo ello le adoro. Y en la sala, como siempre, el retrato de la abuela, vestida de verde. El cascabel de la familia, el mástil de todas las tempestades, el andar suave y la ternura de espíritu, que, en ese momento descansaba en su cuarto, mientras abajo ya habían comenzado los preparativos de la cena. Dulce olor a comida, a mole, a pavo asado, a sopa de camarones, a consomé de verduras… los olores intensos de mi México querido. Ajena a la vorágine de una familia numerosa que trotaba por la casa, la abuela, Nilda Haydée García de Castillo, tan bella, dispuesta a retocarse los labios con su bilé en cualquier espejo, hacía tiempo ya que no participaba de esa escandalera de peroles y vajillas. La cruel enfermedad del olvido se apoderó un día de la señora que abría las puertas de su casa cada mañana, entregada y dispuesta a acoger a un regimiento a la hora del almuerzo. No era necesaria invitación para saborear el exquisito arroz de la anfitriona, ni para disfrutar de su compañía y de su risa. No era necesario advertirla de una situación difícil pues ella, con el tacto que la caracterizaba, acudía presta a dar un consejo aunque no se lo pidieran. Había arreglado muchos entuertos, de parejas que no se entendían, de nietos que alborotaban y ella hábilmente entretenía preparando pócimas para acabar con las hormigas, de parientes enfrentados o de amigos que acudían al consuelo de su casa para sentirse vivos. Ahora su rostro tenía la expresión de la infancia, la indulgencia de la ingenuidad, la docilidad de la niña-adulta en que se había convertido. La abuela Nilda vivía ya en un paraíso inventado presta a iluminar una estancia con su sonrisa si alguien mencionaba a la “Tía Concelos”, Vasconcelos de apellido, la buena señora, ya desaparecida, provocaba la hilaridad de su sobrina al recordar el juego de palabras y alguna historia dormida que ya no sabía relatar. Pero no hacía falta, su alegría era suficiente argumento. Y, aunque ya no conocía a nadie, entre dientes, su querido Eduardo, al que con frecuencia llamaba como queriendo despedirse. Alma, corazón y vida, así era. Y así es. Porque no se fue del todo. Tuvo la cortesía de esperarme para partir, de asegurarse que había recibido su llamada desde el otro lado del Océano y saber que dejaba un fiel relevo para cuidar de los suyos por lo menos hasta que la pena se fuera suavizando. Tal vez pueda parecer increíble pero yo la llegué a conocer cuando ya no hablaba. Su lenguaje ideado, de gestos y frases sueltas me enseñó todo. Junto a sus cualidades terrenales la abuela querida desarrolló otras espirituales y solía detenerse frente al espejo para conversarle, o en la esquina donde la escalera hace un recodo para reñir a una niña imaginaria que se deslizaba sin miedo por el pasamanos. Esos pasos tenues que escuchábamos en la casa durante la noche, y que no eran otros, que los amigos a los que ella ayudó y amó, y que venían a hacerle el tránsito menos penoso, no se fueron del todo con su partida. El padre Gerardo, Montsita de niña…el ayer y el hoy. Ya no llegué a tiempo para que me consintieras, abuelita adorada, pero sí para recoger tu herencia. Tu legado de rosas y mujeres bellas, que heredaron tu cutis de terciopelo. Tu maravillosa familia. Don Héctor, mi guía, Nilda, Mike, Montsita, mi hermanita pequeña, Eduardo, mi hermano del alma y su magnífica prole, Cinthia mamá, Cinthia Haydée, Ana Sofía y Yayito, Héctor, Vero y Verito, Marco, Alejandra, Marquito y Héctor, Lulú, con sus cajas, cajitas y cajotas y su inmenso sentido del humor y su amor por la vida, Toño, mis niños Rodrigo y Ricardo, y Titi, Montse grande, la que más se parece a tu retrato. Pronuncio sus nombres con la misma suavidad que tú lo harías, porque siguen unidos gracias a ti, porque siguen aumentando la familia a base de toneladas de cariño y carnitas y muchas pláticas hasta el amanecer. Os quiero. Nos enseñaste a todos que el tiempo hay que gastarlo en quererse y te agradezco que deambules en mis sueños alentándome en los momentos cruciales y haciéndole compañía a mi mamá en ese mundo de ángeles donde ahora estáis. Te escucho cuando pintas mi vida de verde, ese color compartido, que nos trae suerte a todos porque sólo en esta familia sabemos interpretar las “señales”. Y quiero que sepas que nunca te imagino sin tu sonrisa, sin tu espléndido collar y sin tu adorable presencia. Feliz cumpleaños Nilda Haydée, te amamos. |
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| Modificado el ( Saturday, 07 de June de 2008 ) |
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