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Quinta entrega de Miguelina Duarte. PDF Imprimir E-Mail
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escrito por silvia   
Friday, 30 de May de 2008

Viernes¡¡ Día de Miguelina. Un nuevo cuento de la brillante escritora. Lleva por título La estatua de hielo. Disfrútenlo.

  hada

LA ESTATUA DE HIELO” 

“Las lágrimas se congelaban en su rostro, lentamente el viento la convertiría en una bella estatua de hielo”. 

  Una ráfaga de viento le arrebató el sombrero, hizo piruetas con él, acarició las hojas secas que jugaban en el suelo, lo arrojó contra un árbol y lo detuvo junto a unos zapatos de charol. Los zapatos se convirtieron en una falda de Missoni y en una sonrisa atrevida, luego en una mano de uñas maquilladas que amablemente devolvieron el fieltro a la cabeza sonriente, que con timidez pidió disculpas.

  Se levantaron sin prisas, observándose, el hongo negro y la melena alborotada por el otoño. Ella esperó el tiempo prudencial que las normas de buena conducta establecen pero, aunque los ojos de él querían hablar, su boca permanecía cerrada. 

-                    No lo vuelvas a perder, dijo la boca bien perfilada.

   Y se dio la vuelta para luego caminar en el sentido contrario del aire. Él llevó la mano a su cuello para ajustar la bufanda de seda, permaneció un instante inhalando el perfume de aquella inesperada aparición y, como movido por un resorte, siguió los pasos de las sandalias doradas. Recorrió su figura desde el tobillo, ensartado en una pequeña hebilla, hasta la nuca donde el cabello oscuro se dejaba enredar sin que su dueña se preocupara por ello. Los altos tacones se detuvieron en el escaparate de una librería, allí estuvieron el tiempo suficiente para decidir entrar. No fue larga la espera, un cigarrillo apostado junto a un banco y la figura esbelta siguió su peregrinaje asiendo en una mano una cartera de extraños bordados y en la otra una pequeña bolsa. Dobló una esquina y se dirigió a su siguiente destino. Mientras, él se había convertido ya para siempre en su sombra. Había decidido dejarse guiar el resto de su vida por aquella hada urbana de enigmático pasado. ¿Una locura? Es posible que lo fuera, pero andaba con tanto aplomo, sabía a dónde iba, lo que él no había sabido nunca. La siguiente parada fue en una conocida pastelería. Aquí el acecho se prolongó un poco más. Cuando al fin salió, otro paquete se había sumado al anterior y la cartera descansaba bajo la axila mientras su dueña, con la única mano libre, saboreaba un trozo de chocolate. A punto estuvo de descubrirle porque en su afán por contemplar su expresión se había acercado tanto que casi la roza. Se refugió en un zaguán sin perderla de vista y volvió a mantener la distancia, que no el olvido. Nada le distraía, no sabía dónde estaba pero su estrella polar le dirigía como la luz de un faro y nuestro naufrago estaba dispuesto a arribar en cualquier playa.

   De repente la silueta de brillos se detuvo frente a un portal, pulsó el interfono y subió. ¿Ahora qué? ¿Vivirá aquí? No, que tontería, llevaría su propia llave, esperaré. Y así lo hizo. A veces el portero se asomaba como a respirar un poco de aire, a ventilar la oscura garita, a estirarse un poco y aprovechaba el descanso para mirar descaradamente al portador del sombrero volador que debía estar pasando ya frío por el tiempo que llevaba parado ante la puerta. Ya casi estaba anocheciendo. Entonces, la chica que desde hacía tiempo venía todos los miércoles a recibir lecciones de piano en el cuarto derecha anunció su salida con ese inconfundible sonido de pisadas femeninas. Se retiró para dejarle paso y cuando volvió a mirar a la calle su entretenimiento esa tarde había desaparecido. Rápido como una liebre, que pena, ahora que ya tenía casi seguro que sabía quién era, le sonaba su cara y estaba convencido de haberla visto en algún sitio. Bueno, ya volvería.

   La sombra de nuestra pianista ya se había confundido con la noche y ahora su paso era más apresurado, pero sin perder la cadencia, nunca, ni el compás. Seguía asiendo con fuerza sus compras y cruzando avenidas con paso firme. Al llegar a la entrada de un parque y como el vuelo de un abanico, giró sobre si misma y enfrentó a su espía. Él no se sintió acorralado, más bien sorprendido de la intuición de ella y feliz por volver a contemplar su rostro. El hada de piernas ágiles se plantó a dos palmos de su cara y le entregó un libro, “Juan Belmonte, matador de toros” y le dijo:

 -                    Esto es para que sepas que sé quien eres.

   Luego, colocó entre sus manos una cajita de lazos de colores que envolvía una figurita de chocolate. 

-                    Esto para que sepas cómo te imagino. 

  Después acercó sus labios a los de él y depositó un beso ligero e infinito. 

-                    Esto para que no me olvides nunca.

   Y así transcurrió el otoño, como un sueño, entre cartas de amor y citas clandestinas, entre sábanas de algodón y risas en un parque, entre suspiros y paseos junto al mar. 

   Pero un día amaneció y él se olvidó, o no quiso, darle los buenos días a su hada. Pasó una semana y él no respondió a las llamadas de la que había sido su luz. Tardó una eternidad en llegar el final de enero y a él pareció haberlo tragado la tierra. Bueno, no así. Ella sabía que estaba vivo, pero nunca más apareció por los lugares secretos donde se veían, nunca su perfil, ni su sombrero volvieron a seguirla. A veces ella, que paseaba una tristeza desdoblada, de pies planos y sin maquillar, volvía el rostro lentamente hacia la izquierda como aquella tarde en que él quiso que fuera su estrella. Otras, miraba por la ventana esperando que surgiera de la nada para darle un beso. Todos los días de aquél largo enero volvió a hacer el recorrido del día en que se conocieron, con la esperanza de que todo aquello no fuera cierto y volver a comenzar de nuevo. Pero ni la más triste de sus plegarias logró que lo encontrara. 

    Y así llegó el frío invierno, y el hada dejó que sus lágrimas se congelaran para convertirse en estatua de hielo, para no sentir más, para no amar más… 

Miguelina Duarte  

Modificado el ( Friday, 30 de May de 2008 )
 
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