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Cuarta entrega de Miguelina Duarte. PDF Imprimir E-Mail
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MaloBueno 
escrito por silvia   
Friday, 16 de May de 2008

Apasionante cuarto relato de Miguelina. Cada día se supera con sus palabras.

   perdido

EL HOMBRE PERDIDO 


       ”El día que te encuentre me dejaré querer, por los suaves rayos que me abracen, y me volveré de plata en paz y tranquilidad.”   

      A cara y cruz se la jugó. Cara aquel callejón angosto y empinado, cruz la gran avenida bulliciosa. Era una decisión fácil para alguien que amaba el silencio, que huía de la multitud más por timidez que por miedo. Comenzó a subir la calle empedrada y poco a poco su mente, habitualmente abotargada de tanto pensar, se fue liberando, detenida en una reja adornada de geráneos, en el olor de un guiso que escapaba por una ventana, en el sol que jugaba con las sombras de la tarde. 

      Dónde llegar no era una dificultad, el inconveniente era cómo volver. Era complicado caminar por la vida sin alguien a quien asir la mano, con quién quedar en la esquina de cualquier café, a quien contar por qué el alma es un vaivén, alguien con quien mostrarse tal cual uno es, sin tener que fingir nada, alguien a quien hacer cómplice de las fantasías, de las aventuras, de lo cotidiano. Por eso caminar sin rumbo era el pasatiempo favorito de nuestro hombre. “Algún día, en algún sitio, la encontraré, me estará esperando”, se dijo. 

      Dobló cinco, diez esquinas, subió diez, doce escalones, y sorteó tres o cuatro perros que le salieron al paso. Aunque no era costumbre volver sobre sus pasos, por superstición, por no deshacer el camino hecho, por miedo a borrar sus propias sendas, se dio cuenta de que repetía mentalmente un cartel azul que había llamado su atención tres calles más abajo: “Se interpretan los sueños, se adivina el futuro, se enseña el rostro del ser amado”. Nunca hubiera hecho caso de hechiceros ni futuristas pero él era un hombre acostumbrado a interpretar señales, a que nada le pasara desapercibido, a encontrar una respuesta en el volar de un pájaro, en una frase escuchada al azar, en una imagen encontrada. Rememoró aquella tarde en la que el miedo no encontró donde esconderse, que no vio mariposas volando antes de la corrida, que no escuchó esos acordes que suavemente acudían a su cabeza para darle suerte. Esa tarde, entre el instinto y el valor o el compromiso, optó por el último. 

     Dos escalones más y de nuevo estaba frente al curioso edicto. Llamó tres veces con los nudillos y tras un minuto eterno, apareció ante él un oriental cuya edad era imposible de adivinar. Le saludó con una cómica reverencia y le invitó a entrar como si aquel gesto fuera lo más normal del mundo. Lo que sus ojos vieron al trasponer el umbral fue un único aposento radiante de luz. Tarimas de madera perfectamente ordenadas cubrían el suelo y una tetera anunciaba con su peculiar silbido que el anfitrión esperaba visita. El viejito le hizo pasar con amabilidad, empujándole suavemente hasta colocarlo de espaldas al jardín, con el propósito intencionado de que no viera nada, sólo que escuchara el rumor del agua cayendo al piso de alabastro; eso abría los canales de la mente y favorecía la lectura de los designios.

     Con la agilidad de un niño el casi diminuto anciano se sentó frente al visitante en la postura de meditación, sonrió y arrojó un puñado de piedras preciosas ante su mudo consultante.

        -                    ¿Qué ves?, le preguntó.

        -                    Es usted quien tiene que ver ¿no?, contestó en un hilo de voz.

        -                    No, yo sólo interpreto lo que tú ves. Adelante, es muy fácil, deja la mente en blanco, concéntrate en un sonido y relaja tu cuerpo y tu mente.  Se llevó la mano a la barbilla, frunció el ceño y poco a poco sus facciones se fueron suavizando. Miró con asombro aquellas piedras desordenadas deteniéndose en un jaspe pequeñito en forma de corazón.  

       -                    Estoy mirando, explicó, pero no sé qué pasa, todo es negro, tan sólo ese corazón se distingue de los demás.  El anciano tomó conmovido la piedra que su improvisado amigo señalaba y que era una lágrima de dragón, aunque el consultante había visto en ella su corazón. Atrapó el jaspe con sus dos manos y tras musitar un extraño oratorio se lo dio a él y le dijo: 

       -                    Eres un hombre perdido pero un hombre con suerte, muy afortunado. La piedra que marca tu destino es la última lágrima que derramó el dragón antes de extinguirse, antes de desaparecer de la faz de la tierra. Tiene tanto poder como el que alberga tu corazón, por eso la has elegido. Brilla entre todas porque puede con todos los malos agüeros que te rodean. Sabes que has entrado en un laberinto de intereses, oscuro y perjudicial pero tu destino está escrito con versos de amor. El amor te salvará del precipicio. Fíjate bien, las piedras han caído dispuestas en el orden de los sitios que has visitado. En cada uno de ellos has dejado una parte de ti y en muchos has perdido mucho de ti mismo. Pero todo eso lo puedes recuperar. Ve cogiendo una a una todas ellas en el orden contrario a la sucesión del tiempo. Vamos a inventarte una nueva vida. 

        Ilusionado por aquel inocente juego, nuestro amigo fue guardando cada piedra. Rodaron sus lágrimas al sostener en sus manos primero el rubí, luego la esmeralda y así hasta casi un ciento de guijarros. Tan sólo con rozarlas aparecían en su mente imágenes tan reales de su vida que era como sentir de nuevo el primer desamor, la primera cornada, el primer desengaño, la primera tristeza, el primer miedo. Cuando hubo terminado con todas la suave voz asiática volvió a hablar: 

         -                    Toma de nuevo la lágrima de dragón. 

        Obedeció y sintió una oleada de emoción y de alegría contenida que recorría todo su cuerpo. La vio a ella y comprendió que había llegado al sitio que había anhelado siempre. Recorrió su rostro dulce, su mirada inocente, su andar reposado y su risa de cascabel. Comprendió lo que el viejo decía de su destino y del papel que jugaría el amor. Sólo ella podía salvarle del abismo.  

         -                    Gracias, gracias, repitió.

         -                    Gracias a ti por haberme enseñado otros caminos. Búscala, ámala y con ella vendrán todos los triunfos y la tranquilidad de tu alma.

 

         Años después volvió a aquel extraño callejón pero ni había rótulo ni rastro de aquel dulce señor. En su primer aniversario como hombre encontrado se había hecho engarzar la lágrima de dragón y la llevaba prendida al cuello junto a un camafeo de nácar con la foto de su amada compañera. No pudo ser inventado aquel viaje iniciático, llamó a la puerta contigua y preguntó por el extraño señor pero le dijeron que aquella casa llevaba cerrada casi un siglo, que pertenecía a una familia oriental que nunca la había habitado. Asió la cadenita con fuerza y se dirigió a la esquina del café donde pasaron los momentos más felices de su vida. Mañana era día de corrida, pero ya no veía el futuro con soledad ni frustración. Ahora tenía quien le tomara la mano con cariño, quien le contara secretos al oído, quien le hablara con la verdad. 

         Y, alguna vez, había creído escuchar la voz de aquel brujo venido de tierras lejanas susurrándole al oído verdades como templos.     

 

Miguelina Duarte.

Modificado el ( Friday, 16 de May de 2008 )
 
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