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Cuento de Juan Antonio Barros Jódar. PDF Imprimir E-Mail
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escrito por silvia   
Tuesday, 22 de April de 2008

Hoy tenemos el honor en Toreralia de publicar un precioso e interesante cuento taurino del también interesante Juan Antonio Barros Jódar. Aficionado a las letras, Juan Antonio, es un importante compositor musical que tiene entre sus brillantes temas el pasodoble Arènes de gloire. Los que hemos tenido la suerte de escucharlo hemos disfrutado enormemente con esta bella composición que sonara esta temporada en los cosos taurinos del sur de Francia.

El cuento lleva por título Pepín Álvarez, disfrútenlo.

                               PEPÍN ÁLVAREZ


         Ginés no se olvida nunca de la última vez que vio a Pepín Álvarez con vida. Vestía un invariable traje claro y lucía pañuelo granate en el bolsillo de la chaqueta. Iba a cumplir su destino, pero eso no lo supo Ginés hasta algún tiempo después. Entonces sólo pensó que caminaba con paso vacilante y mirada turbia. 

        Pepín Álvarez había sido un banderillero prometedor veinte años atrás. Sabía cuadrarse frente a un toro como el mejor. Sabía que hay que salir de la suerte andando. Lo dicen los cánones. Hasta aquella tarde de junio. Día siete. Pepín había mirado al animal con gusto. Carbonero. Al coger los palos notó que le sudaban las manos. Fue en el tendido siete. En la Maestranza. Antes de buscar a la res la había visto. Era una mujer atractiva, pero algo había en ella que desagradaba. Una rubia pintada, pensó. Vio, o adivinó, que pasaba una lengua viscosa por la comisura de los labios. Sintió una suerte de vértigo. Entonces comprendió. Apenas logró esquivar el viaje, porque el toro ya lo había cogido. Un intervalo imposible de medir, pero que separaba la vida con una pierna de madera y la muerte. Pepín lo repetía siempre en las tertulias: 

        —Estaba allí. Yo la vi. Se relamía al mirarme enganchado al pitón. Pero algo me había advertido el peligro. Estaba allí, en la barrera del siete. Yo la vi con mis ojos. 

        Lo dice mientras se rebulle imprimiendo un trotecillo inquieto a su pierna ortopédica.

         —¿Cómo era, Pepín? —le anima a continuar algún curioso. 

        —Era guapa, la muy hija de la gran puta. 

        —¿Muy guapa? 

        —Bueno, una rubia pintada al fin y al cabo. En cuanto la vi lo supe. Gracias a eso le tomé la delantera.

         Ginés había pensado muchas veces si no había un eco de melancolía y de fracaso en aquellas palabras, si no habría sido preferible no haber visto, no haber comprendido, haber mirado sólo a Carbonero que se iba por él, que hundía una afilada cuchilla en la carne sin dejar de mirar sus ojos incrédulos de niño chico, desolado. Pero Pepín sonreía agradecido y chascaba la lengua antes de apurar la copa de aguardiente.

         La primera vez que fue a Sevilla tenía catorce años. Había soñado muchas veces que lo sacaban a hombros por la puerta del Príncipe, aunque ni siquiera sabía cómo era. Fue en busca de aquella puerta como quien emprende una peregrinación a los santos lugares. Caminaban ya junto al Guadalquivir y se distrajo adivinando la silueta de la Torre del Oro sin saber que ella estaba tan cerca. De repente el golfillo que le acompañaba le soltó un codazo.

         —Ahí la tienes.

         —¿El qué? 

        Pepín no había entendido. Vio un edificio blanco, ocre y rojo. Le pareció un palacete como llevaba vistos algunos. Pero al contemplar los toldillos comprendió. Una oleada de sangre se agolpó de repente en sus sienes.

         —Yo no sé explicar lo que sentí. Pensar que estaba en la plaza de la Maestranza de Sevilla, que casi podía tocar las aguas del Betis desde el albero... ¿Vosotros habéis visto el color del albero de la Maestranza? Me habían engañado las apariencias. Y eso era lo más hermoso. Aquellos balcones, aquel tejado, aquellos toldillos, aquellas rejas, no las olvido, aquello era la plaza de la Real Maestranza de Sevilla. ¿Quién lo habría supuesto? Pero así tenía que ser.

         Luego se quedaba como en éxtasis, los ojos soñadores, perdidos en las deliciosas trampas del tiempo. 

        Pepín Álvarez había aprendido a amar los toros de pequeño, cuando miraba en un puesto del mercado de abastos la cabeza disecada de un soberbio miura. Cada mañana llevaba el almuerzo a su padre, que era el propietario de una pequeña carnicería. Pero el niño se detenía invariable­mente en la otra, la de Luis Romero. Los ojos del animal buscaban los suyos, o eso creía él. Había un innegable magnetismo en aquellos ojillos vivarachos. Se había llamado Perdiguero. Según rezaba una inscripción, había acudido siete veces al caballo y en todas esas ocasiones derribó a la cabalgadura, hirió luego a los dos banderilleros y al encargado de la brega, y finalmente murió en los medios buscando hasta el final el bulto. Se le premió con dos vueltas al ruedo, tirado por las mulillas, mientras recibía la ovación emocionada del público. Pepín miraba aquella testuz impresionante de monarca ofendido al que se le han hurtado los terrenos. Luego miraba a lo alto y pedía al cielo que le deparara muchas reses así a lo largo de su vida.

         Los principios fueron muy duros. Él no perdía de vista su sueño. Soportaba con arrojo todas las penalidades. Algún día se abriría para él aquella puerta y todo habría merecido la pena.

         La primera vez que se puso ante un novillo, fue a escondidas, de madrugada, en la finca de un terrateniente malhumorado que por poco los cose a escopetazos. Cuando vio al animal frente a sí, le temblaron las piernas infantiles y algo le subió hasta la garganta, algo que abrasaba su pecho al par que turbaba sus sentidos como una dulcísima embriaguez. El novillo lo miraba con una expresión que Pepín no olvidaría jamás. Cuando se arrancó buscando con celo el engaño, el muchacho sintió que una cosa enorme, más negra que la noche, pasaba junto a él, rozaba su costado casi con lujuria. El escalofrío le duró hasta que comenzaron a bramar las escopetas. Apenas si había conseguido robar cuatro pases al animal, pero en esos minutos intensísimos aprendió más que en todos los días anteriores de su vida.

         Transcurrieron varios años de aventuras furtivas en tentaderos y dehesas. Al fin, un golpe de suerte le permitió entrar a formar parte de su primera cuadrilla, con un matador principiante que no llegó a cuajar. Pero Pepín encontró su oportunidad. La siguiente temporada la inició a las órdenes de un diestro de mayor fortuna. Acabaron las humillaciones, el hambre. En el mundo taurino se le vaticinaba un brillante futuro como banderillero. Pero él no olvidaba su propósito. Los ojos de Perdiguero lo llamaban desde los umbrales de la gloria. Él no era hombre de cuadrilla. Lo había descubierto aquella madrugada, mientras huía de las voces destempla­das de las escopetas. Tenía que ser matador. Estaba decidido.

         Pero aquel toro había salido al ruedo para acabar con sus sueños. Veinte años ya. El tendido siete de la Maestranza. Para todos era un ser afortunado que escapó de las garras de la muerte como por milagro. Nadie había advertido en su actitud el insoportable dolor de la decepción. Sólo Ginés. Pero ni siquiera él podía sospechar que aquella deuda no estaba zanjada. Veinte años ya.

         —Cosas que pasan. La pena, que es muy mala consejera, ¿sabe usted?         El empleado de la plaza declaró que Pepín Álvarez se acercó hasta la verja, saludó y pidió permiso para entrar. No le extrañó demasiado. Manías de los hombres del toro, debió pensar. Luego tuvo trabajo y se olvidó de él. 

        —Oscurecía cuando salí de la plaza. Entonces me acordé de Pepín. Me asomé al ruedo y busqué. No estaba. Me figuré que no había tenido ganas de despedirse. Los recuerdos, ya se sabe. Él quería a la Maestranza como a una mujer. Y fue aquí donde un toro lo dejó cojo. Cosas tristes, ya ve usted... Bueno, al menos eso fue lo que yo me figuré. Cómo iba yo a saber.

         Lo encontraron al día siguiente. Yacía en el suelo, en la barrera del tendido siete. Un ataque al corazón, certificó el médico. Incluso los más íntimos de Pepín tardaron algún tiempo en recordar aquella historia de la rubia pintada que se relamía como una gata en celo, mientras el banderillero volaba prendido a los pitones de Carbonero sin escuchar el estertor angustiado del público, consciente tan sólo de que la había visto, consciente de que la había reconocido justo a tiempo de tomarle la delantera.

Juan Antonio Barros Jódar.

Modificado el ( Tuesday, 22 de April de 2008 )
 
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